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La
búsqueda de la Piedra Filosofal no está de moda hoy en día. Un
alquimista del siglo XVII, Alejandro Sethon, más conocido por el nombre
de «el Cosmopolita», escribía ya en su época:
"Se
considera la Piedra filosofal como una pura quimera y las personas que la
buscan son tomadas por locas. Este desprecio, dicen los filósofos herméticos,
es un efecto del justo juicio de Dios que no permite que secreto tan
precioso sea conocido por los malvados y los ignorantes."
Antaño
era una locura para la mayoría de los hombres; en nuestros días es un
absurdo. Esta ciencia ha caído en un descrédito tal, que casi todos
ignoramos tanto su finalidad como sus medios.
Si
abrimos al azar un viejo libro de Alquimia el estilo nos parece confuso,
las fórmulas extrañas, la química fantasiosa y sin fundamento; nos
sorprendemos de que tantos hombres de otros siglos hayan podido pasar su
vida en estudio tan quimérico. Éste es el juicio somero que hace el
hombre del siglo XX a propósito de la enseñanza de los antiguos Sabios.
Podemos preguntarnos, sin embargo, leyendo estos libros, si se trata de
charlatanes que esconden su ignorancia bajo las apariencias de una jerga
presuntuosa, o de Sabios que ocultan celosamente su sabiduría tras las
espinas de un estilo oscuro con el fin de poner a prueba la sagacidad y la
constancia del lector.
Ambas
hipótesis son ciertas.
La
mayoría de los alquimistas no han sido más que usurpadores de este título,
sopladores de carbón, como se decía antes. Han errado toda su vida y se
han arruinado en la búsqueda de una quimera, porque no conocían la
verdadera materia sobre la cual debían trabajar, ni la naturaleza del
Fuego de los Filósofos. Los más afortunados han acabado descubriendo
alguna sal purgativa, algún procedimiento para la fabricación de
porcelana o de cerillas de azufre. Son los antepasados de la ciencia
moderna. Nuestros hombres de ciencia, guardando las distancias, han hecho
progresar los conocimientos humanos en el mismo terreno. Pero también
ignoran, digan lo que digan, la verdadera materia y la naturaleza del
Agente universal. Su ciencia no ha dado a los hombres el conocimiento,
sino el extravío; no la libertad, sino una esclavitud mayor; no los ha
enriquecido tampoco porque sus deseos se extienden cada día más.
Pero
hay otros además de los sopladores; no todos han sido charlatanes.
Algunos alquimistas de antaño firmaron su paso aquí abajo y atestiguaron
la realidad de su ciencia con verdaderas transmutaciones metálicas.
Aunque
el Arte de los Sabios no tenga que pedir ninguna confirmación a la
ciencia moderna, subrayemos que nuestros sabios saludan de pasada las «intuiciones
geniales» de los antiguos alquimistas, desde que han descubierto la
unidad de la «materia», que, en efecto, el Arte de las transmutaciones
postula.4 Un defensor moderno de la Alquimia escribe al respecto estas líneas
pertinentes:
Puesto
que hablamos de la Gran Obra, aprovechémoslo para volver sobre un punto
capital ya tratado superficialmente; sobre el abismo que la separa de los
intentos de transmutación por la vía físico-química, intentos a los
que la disolución atómica de actualidad. De entrada, subrayemos con qué
gastos, con qué despilfarro de energía, en qué laboratorios titánicos
(que ninguna fortuna privada podría permitirse el lujo de financiar)
operan masivamente nuestros modernos Faustos. Todo ello para conseguir «transmutaciones»
del orden de una diezmillonésima de gramo.
Es
el parto de las montañas alumbrando un ratón.
Comparativamente,
la Gran Obra física no necesita más que algunos cuerpos bastante
comunes, un poco de carbón, dos o tres vasijas muy simples, ninguna de
las fuentes de energía que la ciencia moderna consume como un verdadero
ogro, y puede ser realizada enteramente por un solo hombre con paciencia y
tiempo. Esto para obtener transmutaciones eventualmente masivas.
Y
el autor concluye sus reflexiones con estas palabras:
A
pesar de una terminología bárbara que aumenta cada día, donde los iones,
los electrones, los protones, los neutrones, los deutones y otros
ingredientes de la cocina nuclear juegan un papel impresionante, la
materia sigue siendo «tierra ignota».
Los
abismos que separan a la ciencia moderna de la Gran Obra son absolutamente
infranqueables y ésta es la razón por la que nuestra época ha perdido
su nostalgia y casi su recuerdo. Mientras nos dirijamos hacia la Alquimia
con los prejuicios de un hombre del siglo XX, esta ciencia nos estará «herméticamente»
cerrada.
Los
Adeptos dicen que su ciencia es la de Dios mismo; que sin su inspiración
es imposible llegar a la posesión de esta bendita Piedra de los Sabios
que confiere a quienes la poseen la salud, la riqueza, el señorío sobre
toda la naturaleza; que les socorre en todas sus necesidades, que les
asegura incluso la posesión inalienable de la vida, eternamente fijada en
sí mismos. Su piedad, su fe, su amor por Dios Todopoderoso, separan
radicalmente a los Sabios de nuestros sabios modernos que no acostumbran a
solicitar la inspiración del Espíritu Santo. Todos los libros de los
verdaderos Adeptos están llenos de exhortaciones al lector para
recomendarle que se vuelva hacia Dios. El profeta Daniel ya proclamaba:
Bendito
el nombre de Dios de siglo en siglo; porque suya es la sabiduría y la
fuerza. Y Él es el que muda los momentos y los tiempos; quita reyes y
pone reyes; da la sabiduría a los sabios y el saber a los inteligentes.
Él revela las cosas profundas y escondidas, conoce lo que está en las
tinieblas y mora con Él la luz.
Recurrid
a Dios, hijo mío -se exclama Alano-, volved vuestro corazón y vuestro
espíritu hacia Él más que hacia el Arte; pues esta ciencia es uno de
los mayores dones de Dios con el cual favorece a quien le place. Amad pues
a Dios con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma y a vuestro prójimo
como a vosotros mismos; pedid esta ciencia a Dios con insistencia y con
perseverancia y os la concederá.
Hojeando
los viejos libros de Alquimia, se podrían citar infinidad de textos de
este tipo.
También
se separan de la ciencia moderna por su amor a lo secreto. La ciencia de
nuestros días, múltiple y complicada, está abierta a todo el mundo. Los
Sabios estaban celosos de la suya. Si su arte parece arduo a aquel que lo
busca, para quien lo conoce es tan fácil como un trabajo de mujeres y un
juego de niños. Por ello han tenido tanto cuidado en esconderlo. Querían
evitar que cayera en manos de los malvados, de los orgullosos, de los
mediocres. Este Arte solamente se revela en la simplicidad, la pureza y el
amor.
Sería
una locura alimentar a un asno con lechugas u otras hierbas raras, dicen
varios Filósofos, puesto que los cardos le bastan. El secreto de la
Piedra es lo bastante precioso como para hacer de él un misterio. Todo lo
que puede volverse perjudicial para la sociedad, aunque de por sí
excelente, no debe ser divulgado y solamente debe hallarse de ello en términos
misteriosos. (Harmonie Chymique).
Los
sabios de hoy en día se inspiran en la misma discreción.
Te
juro por mi alma -escribe Ramon Llull- que si desvelas esto serás
condenado. Todo viene de Dios y todo debe regresar a Él. Si, por algunas
palabras ligeras, dieras a conocer lo que ha exigido tantos años de
cuidados, serías condenado sin remisión en el juicio final por esta
ofensa a la majestad divina.
Los
Sabios de antaño han recorrido el mundo envueltos en oscuras vestiduras.
Poseedores del secreto divino, no se han preocupado, sin embargo, de
parecer sabios. El vulgo sólo se fía de las apariencias. Los Adeptos han
vivido ignorados casi siempre. Eran la prudencia misma: querer descubrirse
al mundo, incluso para salvarlo, equivale a condenarse con seguridad a la
tortura y a la muerte. Los Adeptos han ido sin hablar, salvo en algunas
ocasiones y aun así en términos enigmáticos, a modo de parábolas.
Pocos entre sus contemporáneos han sospechado su secreto. Ahora, ya no se
cree en absoluto en él. ¿Tanto se ha alejado nuestro espíritu, que nos
hemos vuelto incapaces de dirigirnos hacia este secreto?
Muchos
buscadores, ávidos de esoterismo, clasifican a la Alquimia o Arte de las
transmutaciones entre las ciencias ocultas al mismo nivel que la astrología,
la magia, la medicina, las artes adivinatorias, etc. En realidad, la
Alquimia no es una de las armas del esoterismo, es su llave o su Piedra
Angular. Algunos Adeptos han operado públicamente transmutaciones metálicas
mientras que otros nunca lo han hecho. Aquel que posee la Piedra Angular
de los Sabios, descubre sin esfuerzo el medio de metamorfosear en oro los
metales vulgares, así como la práctica de todas las Artes particulares y
el secreto de todas las medicinas propias para mejorar las naturalezas
mineral, vegetal y animal; pero esto le es dado por añadidura, como está
dicho en los Evangelios. Buscar primeramente el oro vulgar es pues un
error fatal inspirado por la más sórdida de las codicias: ella ha
extraviado a todos los vividores de este mundo para los cuales el polvo de
proyección no era sino un medio para adquirir riquezas materiales y
elixir de vida, para conservar una juventud licenciosa. Aún actualmente,
mucha gente dice: «busquemos primero el "ganarnos la vida",
luego buscaremos la sabiduría». Los desgraciados no se dan cuenta de que
aquellos que quieren ganarse la vida, a fin de cuentas la pierden, ya que
todo acaba en la fosa. Los avaros no son nunca ricos; los Sabios, al
contrario, poseen la fuente de todos los bienes, tanto de los «bienes
materiales» como de los demás.
Otros
consideran la ciencia Alquímica o Hermetismo como un conjunto de símbolos
metafísicos y abstractos. ¡Esta es, en efecto, la tendencia de nuestros
espíritus! Desde Descartes sobre todo, el espíritu humano sigue un
proceso de desencarnación cada vez más acelerado que tiende a reducir el
saber a fórmulas abstractas. La creciente influencia de la lujuriosa
metafísica hindú, mal comprendida por otra parte por muchos
occidentales, no ha hecho sino reforzar esta tendencia. El prejuicio de la
abstracción se ha vuelto una enfermedad de nuestro espíritu y el hombre
más ignorante de la calla hace «abstracción», como Mr. Jourdain hacía
prosa sin saberlo, vive en lo abstracto y muere a causa de él como un
sabio teólogo o metafísico, sin haber visto nunca que es el sol quien lo
anima e ilumina. Ahí reside quizás el mayor mal y la más grande vanidad
del mundo: en el orgullo del espíritu.
El
verdadero conocimiento no es abstracto sino operativo y «encarnado». Los
maestros de la Alquimia hablan de la Gran Obra, del Arte operativo y de
las manipulaciones a las cuales se han entregado. Hay aquí algo muy
diferente a un juego de abstracciones. Por otra parte, ninguna época se
proclama tan materialista como la nuestra, y sin embargo ninguna ha estado
tan alejada de la verdadera realización material propuesta por la
Alquimia: el Arte de las transmutaciones de la materia para llevarla a un
estado de fijeza perfecta, excluyendo la alternativa de generación y de
corrupción que caracteriza a nuestro mundo sublunar.
Finalmente,
algunos no ven en la Alquimia sino un método de realización mística,
una especie de yoga occidental y secreto. Se habla fácilmente de una
Alquimia mística o espiritual: estos términos son correctos, como máximo,
en su sentido literal, pero se han vuelto equívocos después del uso
abusivo que se ha hecho de ellos. Para no aumentar la confusión más
vale, a nuestro parecer, no asociarlos a la Alquimia. Estudiando las
relaciones entre la mística y la Alquimia alcanzamos el corazón del
problema que nos ocupa; vamos a ver en qué se unen y en qué se separan
ambas.
No
se puede ser Alquimista sin ser un santo místico ya que la Piedra es un
don de amor del Dios Altísimo, pero todos los místicos y todos los
santos no son Alquimistas. Podemos decir incluso que, proporcionalmente,
entre los santos, el número de Alquimistas es tan ínfimo como el número
de santos entre los hombres vulgares. Solamente se conocen tres
Alquimistas entre todos los santos que la Iglesia Católica ha llevado a
los altares: el bien aventurado Ramon Llull, san Alberto el Grande y santo
Tomás de Aquino. Para el hombre caído hay, en efecto, dos caminos que
conducen fuera de este mundo mezclado: son el Amor y el Conocimiento. El
Amor va a menudo sin el Conocimiento, pero este último no va nunca sin
Amor.
Digamos
en pocas palabras que el Santo se preocupa de la salvación de su alma por
la unión de amor con Dios. Algunas veces recibe las primicias aquí abajo
en el éxtasis, que es un maravillamiento en espíritu, fuera del cuerpo.
En efecto, al místico le es imposible, mientras se encuentre enlazado al
cuerpo corruptible, quedar totalmente liberado de las consecuencias de la
Caída. El éxtasis no es la visión beatífica, es como un gusto
anticipado de ella; no es, de todos modos, sino un estado pasajero. El
Santo no se preocupa de su cuerpocarnal más que para intentar liberarse
de él como de una prisión. Su verdadera realización es en espíritu,
aunque pueda operar milagros en el mundo sensible, por el Espíritu Santo.
Su espíritu es un espejo de agua pura en el cual el cielo se refleja aquí
abajo; pero el jarro que la contiene permanece frágil, grosero y
perecedero. Cuando la muerte lo libera de él, su espíritu y su alma,
indisolublemente unidos, permanecen en la visión beatífica: el Paraíso.
Un
famoso maestro yogui recibió un día la visita de un discípulo que le
rogó que le instruyera. El maestro lo condujo a una celda y le pidió que
permaneciese allí durante un mes (o un año, poco importa), concentrando
su espíritu en la idea de que era un bisonte. El discípulo permaneció
obedientemente en la celda de la cual no salía nunca; cada día iban a
llevarle su comida. Al cabo de un mes el maestro volvió a verlo y se dio
cuenta de que su discípulo había realizado perfectamente el estado de
bisonte. Le abrió la puerta y le dijo que saliera. El discípulo no se
movió. Como el maestro se extrañaba, el discípulo le dijo: «No puedo
pasar por la puerta, mis cueros son demasiado anchos». Había realizado
tan bien el ejercicio que sería, en efecto, haberse vuelto un bisonte, y
lo era, pero en espíritu. Su cuerpo seguía siendo el de un hombre.
Por
el contrario, el Arte Hermético tiene por objeto la metamorfosis completa
del ser entero, alma, espíritu y cuerpo, en una indisoluble fusión que
hace el milagro de una sola cosa, la Piedra de los Sabios. Provisto desde
aquí abajo del cuerpo glorioso de la Resurrección, el Adepto que ha
acabado la Gran Obra puede salir de este mundo cuando le place sin pasar
por ninguna muerte, o, si muere, resucita al tercer día.
¿Cómo
puede hacerse esto?
Mediante
la Medicina Hermética, que no es otra cosa sino el Cristo eterno, único
capaz de salvar al hombre de la maldición que pesa sobre él desde la Caída
de Adán. Esta medicina no cura solamente los espíritus sino también los
cuerpos y toda esta parte de la naturaleza que el hombre había arrastrado
con él. Es el buen Pelícano realizando plenamente, el derramar su sangre
por aquellos que ama, la promesa de redención total que nos libera
incluso de las consecuencias físicas de la Caída. San Agustín podía,
pues, escribir con gran verdad en La Ciudad de Dios:
Nuestro
muy verdadero y muy poderoso purificador y salvador ha asumido al hombre
enteramente.
Pero,
¿quién busca todavía la Medicina de Dios y sus Misterios? ¿Quién cree
en ella? Esta indiferencia y este olvido son la mayor maldición que pesa
sobre la humanidad en el momento actual.
Moisés
nos enseña, en efecto, en su Génesis, que Dios, al crear el hombre, lo
colocó en el jardín de Edén, donde éste vivía alabándole y en un
perfecto contento, pues no tenía deseo alguno. Aunque era mortal, no moría,
porque disfrutaba del fruto del árbol de la vida. Este maravilloso
alimento lo mantenía protegido de la enfermedad, de la vejez y de la
muerte. Cuando, por incitación de la antigua serpiente, saboreó el fruto
prohibido, el veneno de las tinieblas y de la muerte penetró en él.
Entonces le fue prohibido el acceso al jardín a fin de que no pudiera
extender la mano hacia el fruto del árbol de la vida, para comer de él y
vivir eternamente. Pues era la única Medicina capaz de devolverle la
inmortalidad primera. Fue precipitado al mundo animal. Arrastró a una
parte de la naturaleza en su caída: «El suelo está maldito por culpa
tuya. Con un trabajo penoso comerás de él todos los días de tu vida».
Es en este mundo caído y corruptible donde la humanidad vive ahora una
existencia precaria y fugitiva, sometida a la miseria, ala ignorancia, a
todos los males, el principal de los cuales es la muerte ineludible que
trae con ella la disolución de todos los compuestos. Así, pues, los
hombres son enfermos debilitados, vampirizados por una lenta y mortal
consunción, aunque enfermos que generalmente lo ignoran, pues a muy pocos
de entre ellos les ha sido otorgado ver a un hombre de buena salud con
quien poder compararse. Pero, aún caída y oscurecida, la naturaleza del
hombre no ha sido modificada en esencia y en sustancia: subsiste en él
como una luz, enterrada en las tinieblas, como un fuego vivo, pero
dormido, un inalterable núcleo de inmortalidad. Es una semilla en el seno
de la tierra que el invierno ha enfriado. Es la Bella Durmiente del Bosque
condenada a dormir durante mil años hasta que el príncipe encantador
venga a despertarla.
La
nutrición que mantiene en nosotros una vida efímera es un acto análogo
al de la generación. Comer es, en cierto modo, una unión de amor. Adán,
según comiera el fruto de la vida o el fruto de la muerte, era engendrado
en la vida o en la corrupción. Según la célebre sentencia de Pitágoras,
Sôma Séma, nuestro cuerpo carnal es una tumba. Engendrado en la corrupción
por el efecto de un alimento corrupto, la carne no puede en modo alguno
participar en la inmortalidad. Así pues, el Hombre necesita un alimento
espiritual, separado de la corrupción del mundo mixto. El primer secreto
de la Gran Obra consiste en encontrarlo. Ninguna destilación, por sabia
que sea, puede extraer de los mixtos esta muy pura quintaesencia porque en
ellos está indisolublemente unida a su corrupción. Es la Prima Materia.
El Creador la ha escondido cuidadosamente de la búsqueda de los impíos.
Hay
dos clases de fuego. Uno ayuda a despertar al otro y a ponerlo en
movimiento. Así como el sol de primavera viene a despertar a las
simientes dormidas en el sino de la tierra, este alimento enteramente
espiritual, preparado por medio del Arte, hace germinar en nosotros la
semilla del fuego celeste profundamente enterrada en las tinieblas de una
tierra mugrienta e impura. No basta, pues, con encontrar esta primera
materia, sino que también es preciso prepararla con Arte de modo que el
Arte ayude a la Naturaleza para elevarla al más alto grado de perfección.
Todos, en este mundo, vivimos de ella y sin embargo nos es desconocida.
Ignorando el Arte de utilizarla, nuestra vida permanece efímera: «No
como vuestros padres que comieron el maná y murieron; aquel que coma de
este pan vivirá eternamente». Este maná escondido, hijo del sol y de la
luna, desciende del cielo como el rocío vivificando todas las cosas; pero
hay que captarlo en su estado puro, antes de que se mezcle con los mixtos.
Su naturaleza es volátil y no se fija fácilmente. Algunos santol místicos
y yoguis han llegado a descubrirlo; pero ignoran el arte de prepararlo
para hacer la Ambrosía de la que se alimentan los dioses inmortales.
Homero,
en la Odisea, nos enseña los mismos misterios bajo el velo de una bella fábula:
Son las aventuras de Ulises y de sus desafortunados compañeros en el
reino de Circe. Los compañeros de Ulises preceden al héroe en la mansión
de la hechicera. «Allí, ésta canta con maravillosa voz y teje en el
telar una tela divina, una de estas deslumbrantes y finas obras cuya
gracia manifiesta la mano de una diosa. Les hace entrar, y sentarse en
asientos y sillones; luego, habiendo mezclado en su vino de Pramnos queso,
harina y miel fresca, añade a la mezcla una droga funesta, para quitarles
todo recuerdo de su patria. Les trae la copa; éstos beben de un solo
trago. Entonces la diosa los toca con su varita y los encierra en las
pocilgas de sus puercos. Tenían cara, voz y cerdas de puerco, tenían su
aspecto, pero persistía en ellos su espíritu de antes. Helos aquí
encerrados. Lloraban y Circe les arrojaba para comer fabucos, bellotas y
frutos de cornejo, el pasto ordinario de los cerdos que se revuelcan en el
fango». Enterado del desastre, Ulises se pone en marcha hacia la mansión
de Circe, la maga, con la esperanza de liberar a sus compañeros. En el
camino, encuentra a Hermes, que viene hacia él, llevando una varita de
oro. El dios le advierte de los peligros que corre y le revela la
existencia de una medicina que le inmunizará contra las drogas funestas
de la diosa: «Habiendo hablado así, el dios de los claros rayos arrancó
del suelo una hierba que me enseñó a reconocer antes de dármela: su raíz
es negra, y la flor, blanca como la leche; "moly" la llaman los
dioses, muy difícil de arrancar para los mortales, aunque los dioses todo
lo pueden». La historia no nos cuenta si los compañeros de Ulises habían
acabado organizándose confortablemente en su pocilga; si habían
inventado una moral edificante y complicada, una justicia social de la que
les permitía preparar de un modo cada vez más perfeccionado las
bellotas, fabucos y otros frutos de cornejo que les daba la maga. El poeta
nos dice que al final, por pura misericordia, Circe los liberó gracias a
los ruegos de Ulises, su amante. Habían engordado mucho: «Hubiérase
dicho, por su grasa, que eran puercos de nueve primaveras». La diosa los
frotó con una droga nueva que los purgó del veneno y recobraron su forma
primitiva: «De nuevo -dice el poema-, helos aquí convertidos en hombres,
pero más jóvenes, más fuertes y más hermosos que antes».
Los
Misterios cristianos no tienen otro objeto aparte de esta divina Medicina.
Los Evangelios no hablan sino de ella:
Tengo
para comer un alimento que no conocéis.
Aquí
Cristo es «el pan vivo descendido del cielo», y los judíos discutían
entre sí, diciendo:
¿Cómo
puede este hombre darnos a comer su carne?
Allá,
es un tesoro enterrado en un campo:
«El
hombre que lo ha encontrado lo esconde de nuevo y en su alegría va, vende
todo lo que tiene, y compra el campo», o una perla. «Habiendo encontrado
una perla de alto precio, fue a vender todo lo que tenía y la compró».
Es
una levadura que una mujer pone en tres medidas de harina, o un pequeño
grano de mostaza. Es una semilla que un hombre arroja en su jardín. «Duerme
y se levanta de noche y de día, y la semilla germina y crece sin que él
sepa cómo». En este pequeño grano, en esta pequeña semilla, tan
diminuta, es en lo que consiste todo el Reino de Dios. Por pequeña que
sea, es la única cosa necesaria. «Marta, te inquietas y agitas por
muchas cosas. Una sola es necesaria. María ha escogido la buena parte
que, ciertamente, no le será quitada». María, pues, ha escogido, o sea,
ha hecho una separación: la buena parte es la luz separada de las
tinieblas; es el bálsamo separado del veneno. Es una industriosa abeja,
pero a su manera, distinta de la del mundo: «La abeja saca de su seno una
sustancia líquida coloreada de diversas maneras y saludable para los
hombres: signo impresionante para los que reflexionan. Que el diligente
escrutador de esta ciencia sepa que las abejas tienen la industria de
sacar su miel incluso de las hierbas venenosas». ¿Qué hacía María
mientras Marta se agitaba? «Tenía una hermana llamada María que, habiéndose
sentado a los pies del Señor, escuchaba su palabra». Existe el trabajo
de Marta, que se agita en vano, que se inquieta por muchas cosas, excepto,
naturalmente, por la buena, es el trabajo del mundo que encadena, del
mundo cuyas obras son malas. Existe el trabajo de María que consiste en
permanecer en reposo y recibir la Palabra. En nuestros días aquel que
escoge obrar como María, ¿puede preservarse fácilmente de un pequeño
complejo de inferioridad (sólo al principio) ante tanta gente seria,
trabajadora y útil a la sociedad?
Es,
en efecto, una Palabra que viene en la brisa de la mañana. En ella están
todas las delicias del mundo. Algunos la reciben, pero ni la guardan ni la
calientan al suave fuego del Atanor Filosófico. «Mientras hablaba de
este modo, una mujer, alzando la voz en medio de la multitud, le dijo:
"Feliz el seno que te ha llevado y los pechos que te han
amamantado". Jesús respondió: "Felices más bien aquellos que
escuchan la palabra de Dios y que la guardan". En verdad, en vedad os
lo digo: si alguien guarda mi palabra, no verá nunca la muerte». El Prólogo
del Evangelio según san Juan contiene en sí todo el misterio de las
transmutaciones. «En él estaba la vida y la vida era la luz de los
Hombres. Mas a todos aquellos que le han recibido él les ha dado el poder
de volverse hijos de Dios. Aquellos que no han nacido de la sangre ni de
la voluntad de la carne, sino de Dios.»
Había
en Israel un doctor cuyo nombre era Nicodeno. No era como los de su casta:
conocía su ignorancia y buscaba la sabiduría. Por ello fue a ver a Jesús,
aunque de noche y en secreto, por temor a los Judíos, y Jesús le enseñaba
por qué misterios eran engendrados los hijos de María:
Nadie,
si no renace del Agua y del Espíritu, puede entrar en el reino de Dios.
Pues lo que ha nacido de la carne es carne y lo que ha nacido del Espíritu
es espíritu. El viento sopla donde quiere y tú oyes su voz, pero no
sabes ni de dónde viene ni a dónde va: lo mismo ocurre con cualquiera
que ha nacido del Espíritu. Nicodemo le respondió: ¿Cómo puede ocurrir
esto?. Jesús le dijo: ¡Eres doctor en Israel e ignoras estas cosas!
De
este Agua, purísima sustancia, quintaesencia virginal de los Elementos,
es de lo que todo ha sido hecho por medio del Verbo del cual es el vehículo.
Es un agua seca que no moja las manos. Los Filósofos la llaman su
Mercurio, su Azogue. Ora es vapor, ora agua, ora tierra. Sube al cielo y
desciende de nuevo. «Asciende de la tierra al cielo y de nuevo desciende
a la tierra y recibe la fuerza de las cosas superiores e inferiores. Tendrás
por este medio toda la gloria del mundo y toda oscuridad se alejará de
ti. Separa lo sutil de lo espeso, suavemente y con gran industria».
«Si
quieres, puedes oírme -dice el Mercurio al Filósofo-. Al exterior, ves
mi forma, no la necesitas. Pero sobre lo que me interrogas a propósito de
mi centro, has de saber que mi centro es el corazón muy fijo de todas las
cosas, que es inmortal y penetrante: y en él está el reposo de mi Señor.»
Las
Palabras de Yahveh son palabras puras
Plata
fundida en un crisol sobre la tierra
Siete
veces purificada.
A
aquel que quiere plantar un bosque, se le dice que la encina*
pertenece al género Quercus, que sus flores macho están agrupadas
en candelillas delgadas y colgantes; que su fruto es más o menos ovoide,
reposando la base en un involucro en forma de cúpula; que su maduración
es anual o bianual, que sus hojas son caducas, lobuladas o bien
persistentes y enteras, o poco dentadas; que su madera es de varias
clases. Se le enumeran las diversas variedades: la encina pedunculada, el
roble, el roble rojo de América, el chaparro, el alcornoque.
De
este modo puede uno volverse muy experto con un poco de aplicación.
Pero
¿no sería mejor darle una bellota? La sembraría en un poco de tierra
preparada y luego dejaría hacer al sol y a la luna, al viento, a la
lluvia, a las estaciones, al tiempo. La bellota se convertiría en encina
dando a su vez otras bellotas. Así, aquel que sabe esperar, llega a
multiplicar el bosque.
La
verdadera simiente en la verdadera tierra, he aquí todo el arte de la
Alquimia.
Encontrar
una bellota o la encina que la lleva, después de haber preparado su
tierra, equivale a descubrir el hilo de Ariadna para salir del laberinto.
El comienzo de la obra es oscuro, los Filósofos lo han escondido con
cuidado.
Hay
un tiempo para todo, no se siembra en todas las estaciones. Los antiguos
Sabios, que establecieron los fundamentos de la Astrología, tenían algo
mejor que hacer que levantar horóscopos: determinar el tiempo de las
siembras, el de la germinación, de la flor, del fruto, de las cosechas,
de las vendimias, prever el frío y el calor, la nieve y la lluvia
fecundante, saber cuándo y cómo se forma el humus humilde, cuándo se
endurece la tierra bajo la mordedura de la fría serpiente del invierno,
cuándo se vuelve nutritiva y cálida bajo las amorosas caricias del sol.
He
aquí el Arte. Esto no son imágenes ni figuras poéticas.
Todos
los Sabios Filósofos, todos los profetas de Oriente y de Occidente no
establecieron los misterios iniciáticos, no escribieron las Santas
Escrituras más que para transmitir a los hombres los elementos de este
Arte agrícola. Aquel que los desprecia su propia vida y la perderá.
Pero
nos han dado su enseñanza sólo en términos velados: es un cofrecillo
que camina a lomos de asno a través de los siglos. La llave del
cofrecillo está en el poder de Dios Todopoderoso que la presta a quien
quiere.
Los
Sabios de todos los tiempos sólo han conocido un único misterio: el de
la Encarnación, de la Muerte y de la Resurrección gloriosa del Señor de
vida. Ahí coinciden todos. Ahí es donde son Sabios. Con diferencias de
temperamentos, climas o expresiones que extravían a los espíritus
superficiales, no han conocido sino a un niñito acostado en el hueco de
una encina y a su madre que lo lleva, al principio, con un gracioso
saludo. Mucho podría escribirse a propósito de ello, pero tememos ser
arrastrados a escribir un grueso volumen en lugar de un modesto ensayo.
Además, no intentamos convencer a nadie. Los Misterios de Isis, de Osiris
y de Horus en Egipto, los de Demeter y de Perséfone en Eleusis, los de
Dionisos, las comidas sagradas de los Pitagóricos, ¿tenían acaso otro
fin? Lao-Tsé, Krishna, Zoroastro y Mahoma, ¿han venido a traer otro
mensaje a los hombres?
Todos
los misterios se reúnen en la Teofanía de Belén.
«El
Sabio buscador debe considerar toda la Gran Obra -escribe Jacob Boehme-,
en relación con la humanidad de Cristo, a partir del momento en el que
sale del seno de su madre, María, hasta su resurrección y su ascensión.
El Mago debe guardar y observar esta sucesión relacionada estrechamente
con la Gran Obra.»
«Yo
soy aquel que es, que era y que viene», dice Cristo.
Abraham
vuestro padre se estremeció de alegría porque tenía que ver mi día; lo
ha visto y se ha alegrado.» Pero era un escándalo par los judíos que
cogieron piedras para tirárselas. Sigue ocurriendo lo mismo.
Que
el lector curioso, pero no convencido, estudie sin prejuicios (he aquí lo
difícil) los Misterios Antiguos, que lea de buen corazón las Santas
Escrituras de Oriente y de Occidente. Se dará cuenta de que existe una
sola enseñanza, más o menos oscurecida, en todos los pueblos del mundo.
Puede decirse con una sola frase: «El Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros».
El
agua es una excelente medicina, pero hay que saber fijarla, dicen los Filósofos:
«Se saca de la tierra que nos viene de arriba el movimiento perpetuo, si
se disuelve en su agua, mediante fuego filosófico, después de haber
tomado de nuevo la forma del caos que tenían los elementos antes de la
separación de las cosas elementadas».
Cuando
esta preciosa materia, hija del Sol y de la Luna, es colocada en el vaso
filosófico, bien sellado, toma un color muy negro que los Artistas llaman
Cabeza de Cuervo. Es la putrefacción alquímica en el curso de la cual se
hace la unión del macho y de la hembra. Así pues, el color negro es el
primer color de la obra.
A
continuación, la materia se blanquea poco a poco. Toma al principio el
color gris: es Júpiter (el estaño) que sucede a Saturno (el plomo). «Cuando
aparece puedes quemar todos los libros, dicen los Filósofos.» Finalmente
es el color blanco, Artemisa, Diana más blanca que la nieve y que sólo
se muestra desnuda a los cándidos amantes de la Ciencia. Los antiguos
daban a Perséfone, raptada y llevada a los infiernos por Plutón, el
nombre de Perefata: que alimenta a las tórtolas. Es, en efecto, madre y
nodriza, pues el color negro alimenta al color blanco, que es su salida,
como la raíz negra de la hierba Moly alimenta a su flor blanca. El color
blanco es, pues, el segundo color principal de la obra. Es la Piedra al
blanco: tiñe los metales en plata. Se saca de ella el elixir al blanco
que es un remedio excelente para los espíritus.
Finalmente,
después de haber pasado por diversos colores intermedios, la materia pasa
al rojo. Es la piedra al rojo con la que Neptuno había fijado sobre el
mar para servirle de refugio. Diana, la Piedra al blanco, que nació la
primera de la materia al negro, ayudó a su madre a traer al mundo a Apolo
o a la Piedra al rojo. El blanco y el rojo salen, en efecto, de una misma
raíz, el negro, pero el blanco precede al rojo.
Son
los tres colores principales que los Adeptos observan en el vaso alquímico
durante la elaboración de la Gran Obra.
El niñito
que los Sabios crían con esmero crece en edad y en sabiduría. Se
convierte en un príncipe muy poderoso: endereza lo que estaba torcido,
cura a los enfermos. Devuelve el movimiento a los paralíticos, la vista a
los ciegos, la vida a los muertos. Camina sobre las aguas. Hace toda clase
de cosas admirables. Es un juez excelente, un príncipe invencible que
enriquece a sus amigos con los despojos de sus enemigos.
Finalmente,
es entregado a los judíos para ser crucificado. Su carne es
verdaderamente un alimento y su sangre un brebaje: con ellos alimenta a
sus amigos; les comunica su propia vida para que se vuelvan sus hermanos.
Al tercer día resucita gloriosamente y sube al cielo. Cada vez que lo judíos
lo crucifican, resucita y su poder se multiplica: cien veces, mil veces.
Es glorioso e invencible. Es un amigo fiel que socorre a los suyos en
todas sus necesidades. Basta a todo. Feliz aquel que haya encontrado el
camino de su palacio; en lo sucesivo ya no tendrá nada que desear.
Hemos
bebido a la memoria del Bienamado un vino que nos ha embriagado antes de
la creación de la viña.
Nuestro
vaso era la luna llena. Él es un sol; una luna creciente lo hace
circular. ¡Cuántas estrellas resplandecen cuando está mezclado!
Sin
su perfume, no habría hallado el camino de sus tabernas.
Sin
su resplandor, la imaginación no podría concebirlo.
Sí,
un día, de él se acuerda un hombre, la alegría se apodera de éste y la
tristeza se le va.
La
única visión del sello puesto sobre las jarras, basta para embriagar a
los invitados.
Si
regaran con un vino como éste la tierra de un sepulcro, el muerto
reencontraría su alma y su cuerpo sería revivificado.
Estirado
a la sombra del muro de su viña, el enfermo agonizante ya, reencontraría
inmediatamente su fuerza...
El
descrédito en el que estos misterios han caído ha sido siempre motivo de
asombro para los amantes de la vida. Han llegado a la conclusión, con Heráclito,
de que el hombre por sí mismo no es inteligente, de que no puede ir
espontáneamente hacia el Misterio si Dios no le atrae. Los hombres,
abandonados en las tinieblas de la ignorancia, traicionan y se burlan de
las palabras santas. Por lo que la historia nos permite juzgar, los últimos
ciento cincuenta años parecen haber sido los de la máxima degradación
del espíritu humano; nuestro siglo, sobre todo, es especialmente rebelde
a las enseñanzas de los antiguos Sabios y esto por razones precisas que
nos esforzaremos en recordar a modo de conclusión.
Los
Evangelios, y especialmente el de Juan, nos hacen frecuentes alusiones a
una oposición fundamental entre el Príncipe de este Mundo y el Reino de
Dios predicado por Jesús. Pero es el Profeta Mahoma quien nos da en un
versículo del Corán toda la solución del problema del mal:
Ordenamos
a los ángeles que adoraran a Adán, y le adoraron. El orgulloso Eblis se
negó a obedecer y fue contado entre los infieles.
Engañado
por la apariencia del barro con el que Adán había sido hecho, Satán
rehusó el misterio de la Encarnación. Por esta razón, después de la Caída,
se esfuerza por todos los medios en desviar a los hombres de la Medicina
de Salvación. Los desvía mediante los prodigios en verdad muy
sorprendentes que éstos realizan bajo su inspiración y que en realidad
no son más que un inmenso divertimento en el sentido pascaliano de la
palabra.
Con
la perspectiva del tiempo, la Revolución Francesa parece haber sido una
etapa importante de la historia del mundo. Siempre ha habido en el hombre
un trasfondo de rebelión incubándose como un fuego latente. Pero desde
el siglo XVIII ha tomado las proporciones de un vasto incendio que amenaza
a todo el planeta. El 21 de enero de 1793 caía París bajo la cuchilla de
la guillotina la cabeza del rey Luis XVI, último y desgraciado sucesor de
los Faraones, de los Reyes de Israel y de Judá. Señalamos únicamente un
hecho: la Monarquía de derecho divino que confiere la «santa unión» y
el único fundamento legítimo del poder político, desaparecía para
siempre. A partir de este momento, los hombres han renegado colectiva y públicamente
de lo que viene de arriba para volverse únicamente hacia lo que está
abajo. ¿Es una coincidencia? Desde esta época. los Sabios ya no han
hecho hablar de ellos.
Hace
ciento cincuenta años que padecemos todos sin discusión el más mortífero
de los dogmas: el del progreso científico. ¿Dónde están sus
beneficios?
¿El
Hombre? Dividido interiormente, vampirizado, proyectado fuera de sí mismo
en un carrusel infernal de tareas titánicas ofrecido periódicamente a
apocalípticas matanzas.
¿La
Sociedad? Disuelta, reducida a la esterilidad de la arena humana que los
vientos acumulan y dispersan a su capricho en el desierto.
La
materia, finalmente, desintegrada.
Se
nos habla con angustia de una civilización cristiana amenazada, cuando ya
no hay civilización cristiana. Subsiste un vago perfume de cristianismo
que se disipa lentamente. El olor que le sucede es de otra naturaleza. El
futuro es más incierto que nunca y tememos nuevas carnicerías. Los
Sabios no dicen nunca: «Forjad armas, estableced pactos». Dicen más
bien: «Convertios al amor de Dios. Aquel que ha creado el cielo y la
tierra hace todo lo que le place. Puede también, si así lo quiere,
disipar las tormentas».
El
hombre de hoy en día está infinitamente triste. Se lo toma todo en
serio: el trabajo, la pobreza, la riqueza, el placer. Todo, excepto la
libertad en el amor y en la alegría. Cuando se divierte, es lúgubre. Se
aturde como la ardilla prisionera que hace girar su jaula, caída en la
trampa de su propio juego. Esaú trocaba sus derechos de primogenitura por
un plato de lentejas y nosotros hemos cambiado la almendra viva por las
cortezas muertas.
Y
habiéndole llevado el diablo encima de una alta montaña, en un instante
le mostró todos los reinos de la tierra y le dijo: Os daré todo este
poder y toda la gloria de estos reinos; pues me han sido dadas y las doy a
quien yo quiero.
Satán,
asegurador-consejero de la humanidad perdida, ¿dónde estarás en el Día
del Juicio? ¿El día en el que la obra de cada cual será sometida a la
prueba del fuego?
...
Y será como un sueño, visión de la noche...
Como
aquel que tiene hambre sueña que come,
Y
al despertar su alma está vacía;
Y
como un hombre que tiene sed sueña que bebe
Y
al despertar está extenuado y aún sediento
Así
ocurrirá con la multitud de todas las naciones
que
andan contra la montaña de Sión...
Emmanuel
d'Hooghvorst
(Traducción: J. Peradejordi)
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